A veces los niños hacen preguntas que lo dejan a uno indefenso y sin escapatoria. Te surge la duda de para qué te ha servido leer tantos libros y estudiar una carrera universitaria. Me ocurrió el otro día con mi hijo, pasaban en la televisión un reportaje sobre la fabricación de dinero y al ver aquellas planchas repletas de billetes me preguntó que por qué el Gobierno no fabricaba más dinero y nos hacía millonarios a todos. Esbocé una sonrisa de suficiencia, me atusé el bigote, y me preparé para darle una lección magistral sobre la política monetaria y la correlación positiva existente entre la cantidad de dinero en circulación y el nivel de precios de la economía. Esto lo hago fácilmente con mis alumnos y despliego con singular destreza mi dominio de la materia, pero ellos, al fin y al cabo, solo están interesados en aprobar un examen y se limitan a copiar al pie de la letra toda mi perorata. Sus mentes están adiestradas para memorizar la información y luego repetirla como lo haría un loro. Así se cierra el círculo de transmisión del conocimiento y la ciencia se asegura de que sus verdades queden bien apuntaladas en la sociedad.
Sin embargo intuí que con mi hijo no iba a ser tan fácil. El me observaba con cara de póker mientras yo intentaba explicarle, de la manera más didáctica posible, el espinoso asunto. A medida que avanzaba en mi exposición su mirada parecía estar desnudándome y comenzó a sucederme algo que no había sentido nunca en mi ya larga carrera docente. Empecé a notar que ni yo mismo creía en lo que estaba diciendo y me surgían dudas que ni siquiera me habían asaltado en mis años de estudiante. Era su forma de mirarme, como si de pronto yo mismo hubiera vuelto a mi niñez y estuviera ahí, frente a frente conmigo, preguntándome en qué momento había perdido esa clara lucidez de la que solo un niño puede disfrutar. Me sentía falso, como si le estuviera dando a comer una fruta podrida y no pude aguantar por más tiempo. Me refugié en el socorrido recurso del “lo dejamos para otro día” y tuve la impresión de que de algún modo le había fallado.
No pude dormir esa noche dándole vueltas y más vueltas a la dichosa pregunta. ¿Qué era lo que fallaba? ¿Qué me estaba ocurriendo? Mis cimientos de hombre experimentado y seguro de sí mismo se tambaleaban, mientras en mi mente se abría paso otra explicación, mucho más simple y pueril, pero tan convincente que yo mismo me avergonzaba de permitir que mi construcción intelectual aceptara aquel tipo de argumentos. Se trataba de la educación de mi hijo y ello exigía la más absoluta sinceridad. Así que decidí hacerlo, al día siguiente lo llamé a mi despacho y me senté frente a él. Bien hijo –le dije- te lo voy a explicar de otra manera a ver si lo entiendes mejor: Si todo el mundo fuera millonario nadie tendría la necesidad de trabajar; todos querríamos comprar un lujoso chalet, comer todos los días en los mejores restaurantes, viajar por el mundo, comprarnos ropas de las marcas más prestigiosas, coches de alta gama, leer buenos libros y darnos la gran vida. Pero el resultado sería que entonces no encontraríamos a nadie que construyera el chalet, que cocinara y nos sirviera esos suculentos platos, que pilotara el avión o el barco, fabricara la ropa y escribiera los libros. Este el orden de las cosas y para que funcione solo puede haber unos pocos que puedan darse esa gran vida, mientras los demás trabajamos para ellos con la ilusión de algún día poder vivir como ellos.
Para mi orgullo, veía como mi hijo asentía con una sonrisa en el rostro a todo lo que le iba exponiendo y al terminar mi discurso me quedé mirándole a los ojos tiernamente, esperando una respuesta de agradecimiento. Pero mi gozo en un pozo porque arremetió con otra pregunta aún más embarazosa que la anterior: ¿Y no crees, papá, que existirían personas a las que les gustaría hacer esas cosas aunque no necesitaran el dinero?
Acepté la derrota, rendí mis armas y tuve que reconocer mi propia ignorancia comprendiendo en ese momento qué quiso decir el viejo Sócrates.

5 comentarios:
Siente decirle caballero, que su hijo es más listo que usted. Debería dejarlo a el dar las clases a sus alumnos.
Eso me temo, jaja.
La Economía, taxonómicamente, se encuentra dentro de las llamadas ciencias infusas, es decir, su conocimiento se recibe directamente de Dios, no de experimentos ni de paparruchas. Y no de un sólo Dios, sino de un panteón de premios nobel, académicos varios, políticos, etc. Además es una ciencia de lo más versátil, una vez que se produce un suceso varias autoridades casi aristotélicas dan explicaciones contradictorias entre las que se puede elegir la que más le convenga a uno. Por supuesto esto no quiere decir que sea mínimamente capaz de predecir acontecimientos futuros, entre otras cosas porque emite juicios partiendo de hipótesis que no se dan en la realidad. Es una ciencia poco socrática, nada aristotélica y sí muy sofística. Plegada al poder hoy te demuestra que dos y dos son cinco, y mañana, si conviene, que dos y dos son tres.
"Es una ciencia poco socrática, nada aristotélica y sí muy sofística. Plegada al poder hoy te demuestra que dos y dos son cinco, y mañana, si conviene, que dos y dos son tres".
Palabras de un "desajustado".
A usted, amigo, habría que hacerle una auditoría en sus ideales, pues me temo que son más turbios que los negocios del yerno del rey.
Me guardo en el preciado archivo de cosas que me han llamado eso de persona de ideales turbios. Me gusta.
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